La Tregua

Autor: Mario Benedetti
Año de publicación: 1960
Género: Novela, Cotidiano
Editorial: Planeta
Edición: 2006

Martín Santomé, viudo desde hace poco más de 20 años, se prepara para su jubilación. Comienza a escribir un diario haciendo en parte planes o cavilaciones para su futuro ocio y en parte un recuento de su vida hasta el momento. Su vida rutinaria es interrumpida por un inesperado romance y de a poco se van disipando algunos temores sobre el futuro, regresa parte de su pasión por vivir y todo comienza a parecer mejor. Sin embargo, un inesperado suceso hace de ese momento de felicidad una tregua del tedio y de la oscuridad en la que volverá a sumergirse Santomé.

En adelante, es posible que te encuentres con spoilers. Si no has leído la novela y no deseas leer adelantos de la trama, no sigas leyendo.

Leí este libro por insistencia de mi hermana, quién me lo recomienda desde hace casi un año, y por la casualidad que lo puso en mi camino. La curiosidad me hizo tomarlo y comenzar a leerlo y luego simplemente no pude parar. Por alguna extraña razón no sospechaba que Benedetti escribiera tan bien ni mucho menos que pudiera hacer de la cotidianidad algo tan interesante y digno de leer. La verdad es que no era muy afín a la literatura latinoamericana, hasta que entre el año pasado y este año he descubierto a una infinidad de autores interesantísimos. Lo que pasa es que en ocasiones creo que los autores latinos escriben sobre un mundo que no es el mío ni el de mi generación: me siento más identificada con el miedo futurista de la ciencia ficción que con el realismo mágico de García Márquez, por ejemplo. Pero la identificación con autores latinoamericanos más viejos suele ir por otro lado, por un lado más introspectivo. Quizás el mundo en que vivió María Luisa Bombal ya no sea el mío, pero sus dudas, temores y pasiones sí que lo son.

Perdón por el desliz. Regresando a La Tregua, he quedado maravillada por la maestría del autor, pero indignada por el entorno en que nos ha tocado vivir. ¿Es eso la vida? ¿Trabajar, trabajar, para luego sentarnos a descansar, cuando nuestro cuerpo ya no nos acompaña y mucho menos las ganas? Para mí el libro fue justamente un llamado a no caer en ese ciclo rutinario, a tener la voluntad de decir “¡Basta!”. Basta a la rutina, basta a las excusas, basta al conformismo, basta a la mediocridad y, sobre todo, basta a la mesura, que muchas veces controla impulsos que deberían ser expuestos en el mismo instante en que se sienten.

Creo que en muchos momentos sentí ganas de sacudir a Santomé y de gritarle que dejara de aplazar todo. Y en parte es un grito para mí misma. ¿Quién no ha caído en eso? Es como la historia de un pescador que aparece en una de las ediciones de Cuentos con alma. Planificamos como hacer de nuestra vida algo mejor, pero al final terminamos descuidando lo que ya tenemos. Y sí, es un tremendo cliché, pero ¿alguien hace caso? Es tan poca la gente que entiende el mensaje que no queda más que repetirlo.

La verdad es que no es mucho más lo que tengo que decir de este libro. Los personajes están descritos de manera preciosa, uno siente que es capaz de visualizarlos y hasta comprenderlos. Y así también las emociones del protagonista. El romance entre Santomé y Avellaneda me emocionó, pero como ya mencioné siento que el eje central del libro fue esa “crítica” al modus operandi de nuestra sociedad. Hace un tiempo salió en las noticias que en Alemania querían prohibir los besos en el trabajo y al leer este libro evoqué eso: en lugar de opacar las relaciones humanas, ¿no se deberían enfatizar? En lugar de promover salas cuna, ¿no se deberían disminuir las jornadas laborales para que la familia pueda estar más tiempo junta? Salomé lo expresó muy bien, cuando dijo que en su trabajo no se daba un ambiente propicio para relacionarse con la gente. Lo peor es que trabajos como los de él ahora son mucho más abundantes y al final parece que todo el mundo va a terminar encerrado en cubículos, contando los días para su jubilación o para un superficial acenso.

Para finalizar quería dejarles una cita que amé y que justamente se dio en un 17 de agosto (el día de mi cumpleaños :P):

“Para un futbolista, el máximo significa llegar un día a integrar el combinado nacional; para un místico, comunicarse alguna vez con su Dios; para un sentimental, hallar en alguna ocasión en otro ser el verdadero eco de sus sentimientos. Para esta pobre gente, en cambio, el máximo es llegar a sentarse en los butacones directoriales, experimentar la sensación (que para otros sería tan incómoda) de que algunos destinos están en sus manos, hacerse la ilusión de que resuelven, de que disponen, de que son alguien. Hoy, sin embargo, cuando yo los miraba, no podía hallarles en la cara de Alguien sino de Algo. Me parecen Cosas, no Personas. Pero ¿qué les pareceré yo? Un imbécil, un incapaz, o una piltrafa que se atrevió a rechazar una oferta del Olimpo. Una vez, hace muchos años, le oí decir al más viejo de ellos: “El gran error de algunos hombres de comercio es tratar a sus empleados como si fueran seres humanos.” Nunca me olvidé ni me olvidaré de esa frasecita, sencillamente porque no la puedo perdonar. No sólo en mi nombre, sino en nombre de todo el género humano. Ahora siento la fuerte tentación de dar vuelta la frase y pensar: “El gran error de algunos empleados es tratar a sus patrones como si fueran personas.” Pero me resisto a esa tentación. Son personas. No lo parecen, pero son. Y personas dignas de una odiosa piedad, de las más infamante de las piedades, porque la verdad es que se forman una cáscara de orgullo, un repugnante empaque, una sólida hipocresía, pero en el fondo son huecos. Asquerosos y huecos. Y padecen la más horrible variante de la soledad: la soledad del que ni siquiera se tiene a sí mismo” (177).

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