Los Juegos del Hambre: un soplo de aire fresco

¿Han notado cuántas novelas juveniles hay en el mercado desde que salió Harry Potter? Es probable que considerando el éxito económico que supuso esta saga para J.K Rowling sean cientos los autores que se han lanzado con sus propias franquicias para probar suerte. Ciertamente no lo han hecho para comunicar un mensaje. Al principio eran malas copias de la saga del mago, pero gracias a la influencia de Crepúsculo ahora todas las novelas juveniles de fantasía y ciencia ficción (por suerte, aún en menor medida) están enfocadas en lo que más parece gustarle al público femenino: el romance. Desde zombies hasta hombres lobo caen ante la influencia de cupido.

Además del romance, todas estas sagas tienen en común es que ninguno de sus autores toma en serio a los adolescentes a los cuales se dirigen. Una relación simplona, personajes estereotipo, finales felices, poca profundidad psicológica y la ausencia de cualquier tipo de mensaje o significado lo demuestran: estos libros están escritores exclusivamente para ganar algo de dinero explotando a una juventud influenciada desde su infancia a consumir ese tipo de historias.

Cuando en el 2008 se estrenó la primera película de Crepúsculo toda esperanza parecía perdida. Las sagas semejantes no hacían más que reproducirse a pasos agigantados, así que cuando me recomendaron Los Juegos del Hambre pasé la recomendación por alto. No tenía ningún interés en acercarme siquiera a este tipo de novelas después de leer unas cuantas páginas escritas por Stephenie Meyer. Por supuesto, leer los comentarios en internet de los fanáticos de Los Juegos del Hambre no ayuda: su único enfoque es el triángulo romántico entre Katniss, Gale y Peeta, así que mi primera impresión fue que se trataba de otra saga para llenarle los bolsillos a alguien. Al poco tiempo tuve la oportunidad de leer un par de reseñas interesantes que me llevaron a tener intenciones de darle una oportunidad al libro de Suzanne Collins, pero los libros nunca estaban disponibles en la biblioteca. Al comprar mi Nook siempre habían cosas más importantes que leer, así que recién le dí una oportunidad a Los Juegos del Hambre hace una semana, cuando me regalaron el primer libro y, al no tener cerca nada más, comencé a leerlo. Fue un viaje sin retorno.

A diferencia de otras historias, lo primero que se puede notar apenas lees unas páginas es que no se trata de otra típica novela adolescente. Nuestra protagonista es una chica pobre, sumida en la miseria, sobre la cual recae el peso de mantener a su familia. Tiene un carácter rudo y hostil, pues al vivir en una sociedad dictatorial aprendió a esconder sus emociones para no ponerse ni a ella ni a su familia en peligro. Katniss Everdeen no es otra Bella Swan, ni siquiera un nuevo Harry Potter. A diferencia de estos, es una persona que debe preocuparse por su supervivencia diaria y de quienes ama, es alguien que arriesga su vida de las mismas maneras que nosotros mismos podríamos arriesgarla: pasando hambre o desafiando la ley. Además, es un personaje al que vemos deteriorarse con cada vivencia. Mientras Harry parece ser inmune a los continuos ataques en su contra (al menos hasta La Orden del Fénix), Katniss sufre con cada muerte que ve, incluida la de quienes en teoría deberían ser sus enemigos. A las heridas psicológicas se le suman las heridas corporales que va adquiriendo con las batallas y el agotamiento mental que supone aguantar todo eso. En la saga de Los Juegos del Hambre podemos leer el relato real de las consecuencias de una guerra.

La relación romántica en Los Juegos del Hambre tiene pinta de relleno en la primera novela, sin embargo al seguir con los dos libros restantes se va comprendiendo más la naturaleza del triángulo amoroso. No se trata sólo del desagradable “Team Peeta vs. Team Gale” que algunos fanáticos han asumido. Elegir entre Peeta y Gale supone, para Katniss, elegir una actitud frente a las desgracias que ha padecido. Resulta novedoso que, en una novela juvenil, la elección de pareja no tenga que ver tanto con las características de un personaje u otro, sino con lo que supone para quién está tomando la decisión (como sucedía en BtVS). Sin mencionar que esto NO es el eje de la historia. Es algo que se desarrolla al margen del relato, que forma parte del mismo pero que no lo llega a absorber.

Aún más genial me pareció el hecho de que esta saga no se trate de otra distopia en donde los malos son genéticamente malos y los buenos, buenos. Katniss sí se cuestiona las razones de sus “enemigos” para actuar como actúan y es capaz de comprender que, en otras circunstancias, ella misma o sus seres amados podrían haber caído en lo mismo (y algunos, de hecho, lo hacen). Suzanne Collins no usa este relato para darle al público lo que quiere leer: las escenas de violencia no están ahí para entretenernos, están ahí para qué veamos las consecuencias.

Los Juegos del Hambre es la saga que siempre quise escribir: ciencia ficción, política, psicología, sociología, realismo y la justa dosis de entretención y romance, todo en un sólo relato. ¿Tiene defectos? Claro, como todo, pero no cae en las mismas tonterías que el resto de las sagas juveniles actuales y se nota que Collins no parte asumiendo que sus lectores son unos descerebrados. Aunque ya están saliendo copias baratas de Los Juegos del Hambre espero que más gente tome el ejemplo de esta autora y se dé cuenta de que se pueden escribir libros entretenidos y profundos, de que es posible llegar a los adolescentes sin necesidad de darles lo mismo que ven a diario en la televisión y el cine. Espero que este soplo de aire fresco de la literatura juvenil no sea sólo pasajero y que traiga consigo un huracán que se lleve lejos todas las variantes de Crepúsculo.

Y enseñar locamente

Título original: And madly teach
Autor: Loyde Biggle, Jr.
Año de publicación: 1966
Género: Ciencia ficción
Editorial: Bruguera
Edición: 1973, publicado en Ciencia Ficción, Tercera Selección

Mildred Boltz es una profesora de inglés que ha ejercido su profesión por veinticinco años. Es lo que la apasiona y lo que en un principio la llevó a enseñar en una colonia en Marte. Sin embargo, problemas de salud la obligan a regresar a la Tierra, en donde descubre que el sistema escolar de este planeta es completamente distinto y su metodología -clases presenciales, exámenes, jerarquías- es considerada obsoleta. Boltz deberá competir contra otras insólitas formas de enseñanza para poder mantener su puesto y así seguir trabajando en lo que ama.

En adelante, es posible que te encuentres con spoilers. Si no has leído este cuento y no deseas leer adelantos de la trama, no sigas leyendo.

Una de las cosas fascinantes de la ciencia ficción es que la mayor parte de sus autores buscan hacer una suerte de advertencia al lector. Esta advertencia suele estar enfocada en que lo que solemos considerar “progreso” no siempre tiene los efectos deseados y a veces nos pueden jugar en contra. No es que estos autores no aprecien lo positivo que han logrado los conocimientos científicos y tecnológicos; sólo tratan de ver las dos caras de la moneda. Y así es como nos hemos topado con libros sumamente certeros en cuanto a sus “predicciones”, como El mundo feliz de Aldous Huxley.

Y enseñar locamente no es la excepción; la idea de este relato es presentar los potenciales peligros de la educación llamada progresista y al mismo tiempo los peligros “de un posible «buen» uso de la televisión” (50). Mientras en Marte Mildred Boltz practicaba una metodología de enseñanza de corte tradicional, en la Tierra la educación se imparte a través de las pantallas a miles de jóvenes al mismo tiempo. Sin exámenes ni la presencia de los estudiantes, la única forma de medir la calidad de un profesor es a través de una especie de rating; el Trendex. Por esa razón los profesores, en lugar de esforzarse por enseñar bien, tienen que esforzarse por entretener lo mejor posible a su audiencia y así evitar que cambien de canal.

Si leen mi blog habitualmente se darán cuenta de que estoy totalmente en contra del sistema escolar tradicional y siempre estoy buscando alternativas al mismo. Y enseñar locamente, por el contrario, plantea que el sistema tradicional es bastante bueno y llega incluso a utilizar uno de los recursos más odiosos que tengo que enfrentar al momento de conversar o discutir sobre educación con alguien: “Una pregunta, caballeros. ¿Cuántos de ustedes han recibido su educación bajo esas funestas circunstancias [escuela tradicional] que tan elocuentemente acaba de describir Wilbings? […] Y díganme, señores, ¿atribuyen ustedes su actual estado de «degeneración» a este sistema educacional tan siniestro?” (84). Se trata del típico apelativo a la experiencia, que pasa por alto el hecho de que es muy poca la gente que va a reconocer falencias en sí mismo o que es capaz de determinar el origen de las mismas.

Pese a ello, me gustó el cuento de Biggle. Es decir, está bien escrito (los personajes son bastante planos, pero se comprende, pues la intención era presentar la idea no profundizar en la psiqué de estos) y además la advertencia hace bastante sentido. En busca de mejorar el sistema tradicional de enseñanza se puede caer en soluciones que en realidad no lo son. Por ejemplo, cuando algunos autores señalan que los niños deben entretenerse con el aprendizaje se refieren a un proceso natural, de sincero interés y no a algo forzoso que deba lograrse a través de efectos visuales o bailes eróticos.

Además, el cuento tiene algo muy rescatable y que aún hoy es una lección importante: el énfasis en la necesidad del contacto humano para poder aprender. Es decir, podemos aprender de libros y pantallas, pero es en la retroalimentación con otros en donde se encuentra la riqueza del conocimiento humano. A través de su protagonista, Biggle nos recuerda que la educación no sólo es impartir “conocimientos”, sino también fomentar los espacios de interacción que, en un mundo en donde priman las pantallas, se hace sumamente necesario.

Los reyes de la arena

85Título original: Sandkings
Autor: George R.R Martin
Año de publicación: 1979
Género: Ciencia ficción
Editorial: Ediciones B
Edición: 2007, publicado en Obras maestras: la mejor ciencia ficción del siglo XX

Simon Kress tiene una extraña afición por coleccionar seres vivos. Pero no de cualquier tipo: tienen que ser especies extrañas y violentas. Buscando nuevas criaturas Kress obtiene a los reyes de la arena, unos “insectos” con mente colmena capaces de idolatrar como un dios al dueño de turno. Los reyes de la arena también son capaces de armar sofisticadas guerras entre sí, con un formidable sentido del honor. Sin embargo, Kress no queda satisfecho con el desempeño de los seres y decide intervenir para intensificar dichas guerras.

Involucrarse en las guerras de las criaturas va contra toda recomendación hecha al momento de la compra y Kress no tarda en sufrir las consecuencias de su accionar.

En adelante, es posible que te encuentres con spoilers. Si no has leído este cuento y no deseas leer adelantos de la trama, no sigas leyendo.

Los reyes de la arena son criaturas serenas, cuyas guerras tienen un carácter ritual. Es por esto que las batallas no acontecen con frecuencia. Simon Kress, incapaz de entender este hecho, comienza a privarlos de alimento y a dar fiestas a sus amigos para que puedan observar las encarnizadas peleas. Entusiasmado, uno de sus amigos comienza a llevar distintos animales para luchar con los reyes y hacer apuestas sobre el ganador. Así, las criaturas cada vez se van poniendo más furiosas: pintan a su dios con sádicas miradas. Debido a un imprevisto, estas se liberan del terrario donde están encerradas y luego de una serie de eventos y muertes, Kress cae en manos de sus “mascotas”.

El cuento de George R.R Martin trata dos ideas principales: la primera, mostrar como el poder seduce y corrompe a los hombres. Y la segunda, plantea que cuando ejercemos ese poder sobre otros, tenemos que ser conscientes de las posibles consecuencias y hacernos responsables por lo que hemos “creado”. En esta entrada quisiera sólo centrarme en la segunda, ya que es una idea que llama mucho mi atención.

Simon Kress puede parecernos despiadado: detesta las criaturas tiernas, le encanta presenciar la violencia entre sus mascotas e incluso la provoca. La repulsión hacía tal personaje resulta obvia y, sin embargo, el protagonista de este cuento es sólo una exageración de nuestra sociedad y de nosotros mismos. ¿Quién no ha gozado con la desgracia ajena? Programas televisivos se hacen millonarios mostrando los problemas de otras personas y vídeos en Youtube sobre accidentes contienen comentarios graciosos y burlescos, aun tratándose de casos graves. Incluso en la vida diaria existe esta tendencia: las bromas pesadas y el bullying son habituales en colegios y universidades. ¿Quién no ha culpado a sus hijos o hermanos por sus acciones, olvidando que muchas veces los provocamos o les causamos daños?

Si se analiza este tema a gran escala, una buena síntesis es la frase de Emma Goldman: “Cada sociedad tiene los delincuentes que se merece”. Simon Kress perturba a los reyes de arena hasta que estos, en lugar de idolatrarlo, lo odian y se rebelan en su contra. Socialmente muchos hacemos (o dejamos de hacer) cosas que permiten que la delincuencia no sólo se perpetúe, sino que se expanda. Sin embargo, tratamos de quitarnos la responsabilidad de encima mintiéndonos y afirmando que “es gente mala” o que “nada podemos hacer al respecto”.

Me parece importante que, al leer este tipo de cuentos (o al leer cualquier cosa, en realidad), seamos capaces de extraer algo más allá de lo literario. La mayoría de los autores, consciente o inconscientemente nos abren las puertas a reflexionar temáticas útiles para nuestra vida. George R.R Martin con Los reyes de la arena no es la excepción y me pareció bien sacar a relucir esta obra ahora, cuando en Chile existe una compleja situación política y social. Específicamente, el tan vilipendiado vandalismo. Mucha gente se empeña en buscar a los culpables, pero no examinan la propia sociedad en qué vivimos: esperan que los jóvenes reaccionen de manera pacífica, sin considerar que somos una nación con fuerzas armadas, con altas tasas de maltrato infantil y en donde los problemas siempre se quieren resolver con mano dura y más leyes.

Si la sociedad sigue funcionando como ahora (horarios laborales y escolares enfermizos, violencia como forma de control, carencia de diálogo, imponiendo moral y religiosidad, cobrando cada vez más a quién no tiene como pagar, incentivando el consumismo y un largo etcétera) tarde o temprano las personas se alzaran como enfurecidas criaturas, tal como los reyes de arena, sobre los que alguna vez fueron sus ídolos y figuras de autoridad. Lo más probable es que ya esté sucediendo.

Rise of the Planet of the Apes

Al saber que harían una precuela de Planet of the Apes me entusiasmé: hace años que vi las películas (la del ’68 y el remake del 2001 de Burton) y sentía que ninguna le hacía honor al libro. Justamente una parte que ninguna película supo reflejar es aquella en donde los simios se toman el poder. Lo narran, lo mencionan, pero en ninguna queda clara la evolución de estas criaturas ni mucho menos la reacción de las personas frente a este fenómeno.

Rise of the Planet of the Apes parecía una película dispuesta a revertir eso y reflejar, por fin, el surgimiento de los simios como especie dominante. Lamentablemente, acabo de ver el trailer y quedé decepcionada. En la nueva película, los simios logran hacerse del poder debido a experimentos de laboratorio hechos con ellos. En el libro, los simios adquieren las características humanas debido a un paulatino proceso de evolución. ¿Por qué es importante como se produce el cambio? Porque refleja la visión que se tiene de la relación humano-animal. Mientras Pierre Boulle pone a los simios como capaces de llegar a nuestro grado evolutivo, los guionistas de esta nueva versión parecen dudar de tal posibilidad y creen más lógico que esa capacidad sólo se adquiera a través de los mismos seres humanos (típica egolatría especista).

Este cambio, a mí me parecer, es importante pues Rise of the Planet of the Apes, así como las anteriores películas, no reflejará el mensaje original del libro. La sensación terrible que sientes al leer como los simios evolucionaron de pronto, nos esclavizaron, se tomaron el poder y que NO HAY NADA QUE PODAMOS HACER AL RESPECTO (porque tan sólo siendo humanos ya interferimos con el comportamiento de los simios), es fantástica, alucinante. Y el cine lo ha arrebatado. Tres veces… Sin contar las numerosas secuelas.

Involución

Titulo original: Devolution
Autor: Edmond Hamilton
Año de publicación: 1936
Género: Ciencia ficción
Editorial: Ediciones B
Edición: 2007 publicado en Obras maestras :la mejor ciencia ficción del siglo XX, compilación hecha por Orson Scott Card.

Involución es un relato escrito por Edmond Hamilton y publicado en 1936. Isaac Asimov lo catalogó entre los tres relatos que no olvidó desde su adolescencia [1].

La historia comienza cuando Ross lleva a sus dos amigos biólogos, Gray y Woodin, al norte de Quebec en busca de unas extrañas criaturas. Estas fueron divisadas por Ross cuando piloteaba una nave en el sector. Las describe como “grandes y brillantes, como montones deslumbrantes de gelatina” (141). Semejante definición desata el interés de sus amigos por descubrir de que clase de criatura se puede tratar. Para su desgracia, no tardarán en descubrirlo…

En adelante, es posible que te encuentres con spoilers. Si no has leído este cuento y no deseas leer adelantos de la trama, no sigas leyendo.

En Involución unos extraños seres, parecidos a las primeras formas de vida en el planeta, llegan a la Tierra en busca de sus colonizadores. Al no encontrarlos, leen la mente de un humano para darse cuenta que nosotros somos la involución de su especie. Woodin es un biológo que cree fervientemente en la superioridad del hombre. Ante semejante revelación, opta por el suicidio.

En el relato de Edmond Hamilton pueden verse de manera clara dos constantes en nuestra sociedad: la creencia de que inevitablemente somos seres superiores y la falsa seguridad científica, que clasifica como verdades aquellas que sólo son teorías. Ambas ideas se personifican en Woodin, quien suele afirmar con excesiva seguridad que los seres protoplasmáticos y unicelulares fueron los “burdos y humildes comienzos de nuestra vida” (142).

Pese a que este cuento fue publicado en 1936, es posible afirmar que su contenido aún es vigente en la actualidad. La ciencia cada vez cobra más fuerza frente a una sociedad ignorante que toma todo argumento científico como verdadero, siendo que las disciplinas científicas están en constante corrección. Involución nos recuerda que la ciencia no necesariamente maneja la verdad y así como le sucede a los historiadores, los científicos pueden equivocarse en la interpretación de los datos.

El cuento de Hamilton también nos enseña a mirar con un poco más de respeto los otros organismos que conviven con nosotros en el planeta. Al fin y al cabo el hecho de que seamos humanos no nos hace necesariamente superiores: todo depende del punto de vista en que examinemos cada especie. Algunos árboles, como el Pinus Longaeva, tienen miles de años. Una bacteria encontrada en un cristal de sal sobrevivió por 250 millones de años [2]. Las hormigas pueden levantar 20 veces su propio peso y el escarabajo rinoceronte puede soportar hasta 30 veces su propio peso [3]. Según varios estudios recientes ni siquiera somos la única especie capaz de crear cultura, lenguaje o de sentir empatía [4].

Nos jactamos de ser capaces de crear literatura, descubrir el mundo mediante las ciencias, de analizar nuestros propios actos… ¿Pero de qué sirve todo esto si ni siquiera mejoramos nuestra calidad de vida? Vivimos más tiempo, pero también trabajamos más y tenemos menos tiempo para el ocio, menos tiempo para nuestras familias y, en resumidas cuentas, menos tiempo para vivir de verdad.

Involución es un cuento que nos invita a reflexionar con respecto a la altanería humana y, al mismo tiempo, a plantearnos otras posibilidades. Abrirnos, por ejemplo, a la posibilidad de que las ciencias no sean precisamente exactas. Considerar que quizás en un universo (o quizás más de uno) tan enorme, casi infinito, podrían existir especies inteligentes y tal vez mucho más inteligentes que nosotros mismos. Como todo buen cuento de ciencia ficción, al terminar de leer la historia de Hamilton nos queda la sensación de que las posibilidades pueden ser más grandes de las que imaginamos.

  • [1] Asimov, Isaac. La edad de oro de la ciencia ficción. Barcelona: Orbis, 1986. Versión digital, página 89.

La roca y la charca

Titulo original: The rock and the pool
Autor: Stephen Tall
Año de publicación: 1976
Género: Ciencia ficción
Editorial: Mosaico
Edición: 1977 en la publicación mensual “Espacio” número 4.

La roca y la charca nos sitúa en un mundo extraño, donde los humanos viven casi como animales. No cuestionan, ni intentan producir ningún cambio. Su existencia gira en torno a la comida y la bebida, proporcionadas por una gran roca y un profundo lago. Cada quien consume una cantidad suficiente para mantenerse vivo. Nadie se extiende más allá de lo conocido, pues no es necesario.

Así transcurre la existencia de estas criaturas. Hasta que un día nace un joven que demostrará que esa extraña especie sigue siendo humana.

En adelante, es posible que te encuentres con spoilers. Si no has leído la novela y no deseas leer adelantos de la trama, no sigas leyendo.

La roca y la charca es una narración estupenda de Stephen Tall. Me sorprende que sea tan poco conocida (ni siquiera he podido encontrar una ilustración para poner en el blog). Apenas inicié la lectura, me sentí transportada al universo creado por el autor. Casi pude sentir las sensaciones de hambre y de sed descritas y en mi mente aún rondan imágenes del vasto desierto donde se hayan la Roca y la Charca. Tal vez más de alguno encuentre engorrosa la excesiva descripción, pero creo que cuando se intenta recrear un mundo completamente desconocido, esta es necesaria.

Quise buscar una biografía del autor antes de hablar de su posible intencionalidad, pero está díficil. En español hay pocas referencias y lo poco que encontré en inglés era irrelevante para lo deseado. Pero al saber el año de publicación, es mucho lo que se puede decir.

Como muestra la información de más arriba, este cuento fue publicado en el año 1976. Es decir, cuando la amenaza atómica aún atormentaba a mucha gente. La roca y la charca refleja ese miedo, pero llegando al extremo: debido a explosiones atómicas, el ser humano ha vuelto a vivir en un estado primitivo. Y no sólo eso, sino que ha creado criaturas más poderosas. Estas criaturas observan como buenos científicos a los humanos, intentando descubrir como una especie tan patética fue algún día la dueña y señora del planeta.

Y parecen a punto de descubrirlo, pues el protagonista (el Alto, como se lo denomina) es el primero en cuestionarse su entorno y en quebrantar las normas. Su intensa curiosidad lo lleva a caminos inexplorados por el resto de pobladores. Con la muerte del más anciano de la comunidad, se marca el final de una era y el posible comienzo de otra mejor. Pero la ambición del Alto es tanta, que se logra percibir que tarde o temprano la comida y el agua escacearan debido al comportamiento irresponsable del joven. Justamente, esa es la historia de la humanidad. Siempre creemos que se está logrando un avance, algo para mejor, cuando muchas veces sólo logramos perjudicar más lo que queremos salvar.

Así, esta breve distopia nos enseña una lección que el género de la ficción científica está empeñado en impartir: los humanos debiéramos actuar con mayor cuidado y contemplación. Debemos detenernos a pensar en las posibles consecuencias de nuestros actos. Y que, incluso actuando de buena fe, podemos ser un verdadero elemento destructivo.

Observadores del pasado: La redención de Cristóbal Colón

Título original:Paswatch
Autor: Orson Scott Card
Año de publicación: 1996
Género: Ciencia ficción
Editorial: Ediciones B, Colección Nova
Edición: 1996
Traducción: Rafael Marín

Siempre me ha gustado leer críticas literarias antes de elegir un libro. En ocasiones siento que simplemente es para terminar llevándole la contraria al crítico, pues siempre termino en desacuerdo con la opinión ajena. Y claro, ahora me ha pasado con el libro Observadores del pasado: la redención de Cristóbal Colón de Orson Scott Card.

La novela narra la historia de un futuro en donde la Tierra permanece en cierta paz, pero después de muchas catástrofes que han dejado la población sumamente reducida. Esta sociedad le da mucha importancia al pasado, pues pueden aprender de él. Por ello, crean una organización llamada “Vigilantes del pasado” que, mediante avanzadas maquinas, pueden observar en detalle todo lo acontecido antes. Tagiri, una observadora de dicha organización, se dedica al estudio de la esclavitud. Un día, descubre que una de las indígenas que observa sueña con Tagiri y es capaz de describirla. Eso la hace pensar que con la tecnología apropiada, podrían influir en el pasado y “repararlo”. Para ello se crea el Proyecto Colón, que toma el descubrimiento de América como un importante punto de cambio que se debe modificar. A partir de ello, entran en juego varias interrogantes acerca de la posibilidad de cambiar el pasado y de las implicancias morales de hacerlo.

En adelante, es posible que te encuentres con spoilers. Si no has leído la novela y no deseas leer adelantos de la trama, no sigas leyendo.

Lo primero que debo decir de este libro es que está muy bien escrito. Orson Scott Cardengancha rápidamente y es uno de aquellos textos que no puedes soltar hasta terminarlo. El lenguaje utilizado en la obra es muy sencillo y las oraciones breves facilitan la lectura de un párrafo tras otro. Y a pesar de que los diálogos son un poco forzados, la novela resulta bastante creíble.

La principal crítica a Observadores del pasado es que carece de rigurosidad histórica. En la página Bibliópolis, Rafael Muñoz Vega incluso afirmó que Card olvidó por completo las “grandes fuerzas económico-sociales que formaron la historia” [1]. Sin embargo, en el libro no se ignoran los grandes sucesos sociales. Es sólo que al autor se muestra más partidario de una Historia poco predecible, en la que cualquier pequeño cambio puede cambiar el curso de los sucesos. Lo cual resulta un ejercicio sumamente útil, pues desestructura la creencia de que las cosas inevitablemente iban a resultar de una manera.  Y claro, facilita el mensaje que Card quiere entregarnos: que podemos cambiar el futuro, que está en nuestras manos cambiar las cosas.

También se ha comentado que el autor manifiesta de manera demasiado ferviente su cristianismo. Y si bien esto es cierto, no creo que sea reprochable. Al contrario, resulta novedoso que un escritor de ciencia ficción no termine tildando a la Iglesia Católica como la culpable de todo mal en la Tierra. Después de todo, presentar al cristianismo como un punto de unión entre indígenas y españoles no  resulta tan fuera de foco. Si los conquistadores hubieran sido cristianos consecuentes, habrían evangelizado sin necesidad de abusar o esclavizar.

Me han gustado también los personajes. Siento que son creíbles; manifiestan opiniones y sentimientos acordes a su carácter. Por una parte, el autor no se dedica a profundizar mucho en su vida personal, lo cual hace la novela mucho más fluida, pues queda claro que no es la vida privada de los personajes lo que interesa. Pero por otra parte, tampoco cae en el error de crear seres robóticos.

Esta novela definitivamente ha quedado entre mis favoritas. Tanto el desarrollo de la trama, como el mensaje que entrega me han dejado fascinada. Se la recomiendo, sobretodo, a quienes estén estudiando historia. O a quienes tengan esperanzas en algún día cambiar las cosas. Porque los grandes sucesos nunca dejan atrás a las personas y a veces, los pequeños detalles pueden cambiarlo todo.

“—Cambiamos al mundo —dijo ella.
—Por ahora, al menos —dijo Hunahpu—. Todavía pueden encontrar medios para cometer los mismos viejos errores.”