Y enseñar locamente

Título original: And madly teach
Autor: Loyde Biggle, Jr.
Año de publicación: 1966
Género: Ciencia ficción
Editorial: Bruguera
Edición: 1973, publicado en Ciencia Ficción, Tercera Selección

Mildred Boltz es una profesora de inglés que ha ejercido su profesión por veinticinco años. Es lo que la apasiona y lo que en un principio la llevó a enseñar en una colonia en Marte. Sin embargo, problemas de salud la obligan a regresar a la Tierra, en donde descubre que el sistema escolar de este planeta es completamente distinto y su metodología -clases presenciales, exámenes, jerarquías- es considerada obsoleta. Boltz deberá competir contra otras insólitas formas de enseñanza para poder mantener su puesto y así seguir trabajando en lo que ama.

En adelante, es posible que te encuentres con spoilers. Si no has leído este cuento y no deseas leer adelantos de la trama, no sigas leyendo.

Una de las cosas fascinantes de la ciencia ficción es que la mayor parte de sus autores buscan hacer una suerte de advertencia al lector. Esta advertencia suele estar enfocada en que lo que solemos considerar “progreso” no siempre tiene los efectos deseados y a veces nos pueden jugar en contra. No es que estos autores no aprecien lo positivo que han logrado los conocimientos científicos y tecnológicos; sólo tratan de ver las dos caras de la moneda. Y así es como nos hemos topado con libros sumamente certeros en cuanto a sus “predicciones”, como El mundo feliz de Aldous Huxley.

Y enseñar locamente no es la excepción; la idea de este relato es presentar los potenciales peligros de la educación llamada progresista y al mismo tiempo los peligros “de un posible «buen» uso de la televisión” (50). Mientras en Marte Mildred Boltz practicaba una metodología de enseñanza de corte tradicional, en la Tierra la educación se imparte a través de las pantallas a miles de jóvenes al mismo tiempo. Sin exámenes ni la presencia de los estudiantes, la única forma de medir la calidad de un profesor es a través de una especie de rating; el Trendex. Por esa razón los profesores, en lugar de esforzarse por enseñar bien, tienen que esforzarse por entretener lo mejor posible a su audiencia y así evitar que cambien de canal.

Si leen mi blog habitualmente se darán cuenta de que estoy totalmente en contra del sistema escolar tradicional y siempre estoy buscando alternativas al mismo. Y enseñar locamente, por el contrario, plantea que el sistema tradicional es bastante bueno y llega incluso a utilizar uno de los recursos más odiosos que tengo que enfrentar al momento de conversar o discutir sobre educación con alguien: “Una pregunta, caballeros. ¿Cuántos de ustedes han recibido su educación bajo esas funestas circunstancias [escuela tradicional] que tan elocuentemente acaba de describir Wilbings? […] Y díganme, señores, ¿atribuyen ustedes su actual estado de «degeneración» a este sistema educacional tan siniestro?” (84). Se trata del típico apelativo a la experiencia, que pasa por alto el hecho de que es muy poca la gente que va a reconocer falencias en sí mismo o que es capaz de determinar el origen de las mismas.

Pese a ello, me gustó el cuento de Biggle. Es decir, está bien escrito (los personajes son bastante planos, pero se comprende, pues la intención era presentar la idea no profundizar en la psiqué de estos) y además la advertencia hace bastante sentido. En busca de mejorar el sistema tradicional de enseñanza se puede caer en soluciones que en realidad no lo son. Por ejemplo, cuando algunos autores señalan que los niños deben entretenerse con el aprendizaje se refieren a un proceso natural, de sincero interés y no a algo forzoso que deba lograrse a través de efectos visuales o bailes eróticos.

Además, el cuento tiene algo muy rescatable y que aún hoy es una lección importante: el énfasis en la necesidad del contacto humano para poder aprender. Es decir, podemos aprender de libros y pantallas, pero es en la retroalimentación con otros en donde se encuentra la riqueza del conocimiento humano. A través de su protagonista, Biggle nos recuerda que la educación no sólo es impartir “conocimientos”, sino también fomentar los espacios de interacción que, en un mundo en donde priman las pantallas, se hace sumamente necesario.

Práctica docente: más allá de la transmisión de contenidos*

Es muy común leer y escuchar que un profesor debe manejar muy bien todos los contenidos que enseña. Es más, en la actualidad la evaluación docente chilena pone especial énfasis en dichos contenidos. Sin embargo, en Finlandia, país destacado por su excelente educación, los profesores pueden llegar a enseñar más de dos materias sin ser especialistas en ninguna. Allá la importancia radica en las técnicas pedagógicas. Como señala un documento que trata el tema: “Para los alumnos, el objetivo es que se familiaricen con una visión integral del desarrollo humano y con la interacción profesor/estudiante, así como con las teorías científicas sobre educación, aprendizaje y desarrollo, y su aplicación a la docencia y al trabajo del profesor” [1].

Es cierto que los profesores fineses sí estudian los lineamientos básicos de todos los cursos que se enseñan en el sistema escolar de dicho país, por lo que tomemos un caso más extremo: ¿puede un profesor enseñar una materia de la que no sabe nada? Jacques Rancière planteó que sí en su libro El maestro ignorante. Cinco lecciones para la emancipación intelectual (1987) [2]. En el texto, Rancière usa la experiencia de Joseph Jacotot para analizar las teorías en torno a la educación emancipadora, en la que el profesor es un guía y no una enciclopedia con patas.

“La historia comenzó cuando Jacotot, un apreciado filósofo y pedagogo en Francia, se instaló en Bélgica por razones políticas durante la Restauración (1814-1830). Allí fue contratado por la Universidad de Lovaina para enseñar francés. Jacotot, que no sabía una palabra de holandés, distribuyó a sus alumnos una versión bilingüe del Telémaco de Fénelon y los dejó solos con el texto y con su voluntad de aprender. Sorprendentemente, pocos meses después todos eran capaces de hablar y de escribir en francés sin que el maestro les hubiese transmitido absolutamente nada de su propio saber. Jacotot dedujo entonces que sus alumnos habían utilizado la misma inteligencia que usa un niño para aprender a hablar. ¿Qué hace un niño pequeño? Escucha y retiene, imita y repite, se corrige, tiene éxito gracias al azar y recomienza gracias al método. Todo sin ningún maestro” [3].

Maria Montessori también planteó esa posibilidad y en los principios de su pedagogía se señala que “el mayor signo de éxito de un maestro… es ser capaz de decir: «los niños están trabajando como si yo no existiera»” [4]. Este método ha probado ser muy efectivo, tanto en educación preescolar [5], como en la básica [6] y en la media [7].

Pero no sólo los métodos implementados en instituciones sirven. Son miles de familias las que se bajan del sistema cada año para probar con la educación en el hogar, conocida como homeschooling. Su vertiente más “underground”, el unschooling, en lugar de emular la escuela en casa (como hacen algunas familias) desestructura la creencia de que el aprendizaje debe ser sistemático, dividido por materias y aprendido sólo desde ciertas fuentes. El unschooling plantea que estamos siempre aprendiendo y los padres sólo tendrían que darle un cauce a ese aprendizaje, pero no obligarlo ni coartarlo.

Katheleen McCurdy, que educó a sus cinco hijos en casa (y estos a su vez educaron a los 12 nietos de McCurdy de la misma forma) [8], comenta que aun cuando ella no era buena para las matemáticas uno de sus hijos estudió ingeniería: “un padre siempre buscará la forma de que su hijo aprenda lo que quiera” [9]. José Miguel Castro, profesor de la Universidad de Cantabria, plantea que cuando a un niño se lo deja aprender por su cuenta se produce una suerte de deriva que adquirirá sentido más adelante. Pero para eso es necesario que el educador, sea profesor o madre/padre, se convierta en “un asistente que proporciona a quienes participan en este aprendizaje los materiales que necesitan y les asiste en sus necesidades inmediatas, pero que no se adelanta a esas necesidades ni juzga el proceso ni el resultado” [10].

Para aprender no necesitamos profesores que manejen toda la disciplina que van a enseñar. Es más, sería mucho mejor si este asumiera una postura humilde y motivara a los educandos a aprender por sí mismos. Este tipo de educación no sólo muestra resultados visibles en cuanto a aprendizajes, sino que genera una relación horizontal con el educador, otorgando al estudiante la libertad de cuestionar y disentir que tanta falta hacen en las aulas de clases y en la ciudadanía. Ante los problemas ecológicos y sociales que enfrenta nuestra sociedad, individuos que sólo saben repetir viejos conocimientos no sirven. Como planeta necesitamos personas que sean capaces de mirar hacía nuevas perspectivas y claramente el sistema escolar tradicional no lo permite [11]. Pero no sólo hay que mirar lo global, sino también lo personal: los jóvenes difícilmente van a sentirse felices y plenos en un entorno que les impide satisfacer su curiosidad innata y sus propios intereses.

*Texto publicado originalmente en Contrainformación Estudiantil bajo el título de Derribando mitos: 1º El profesor debe saberse los contenidos al derecho y al revés.

Alvin Toffler y algunas palabras sobre la educación

Alvin Toffler es un escritor y activista estadounidense, doctorado en Letras, Leyes y Ciencia. Se lo llama futurista (aunque esta denominación se refiere a los seguidores del Futurismo, vanguardia de principios del siglo XX) o futurólogo debido a su preocupación por las consecuencias de las nuevas tecnologías en la vida del ser humano.

Pese a que en ocasiones Toffler presenta una fe exacerbada en las nuevas tecnologías, me parece que la mayor parte de sus opiniones son un gran aporte al nuevo mundo que debemos empezar a forjar. Relacionado con esto último, creo que sus palabras sobre la educación deben ser tomadas en cuenta. Les dejo un vídeo que recopila algunas intervenciones:

Personalmente, estoy en contra de las escuelas o al menos de su diseño mayoritario (niños sentados en un salón escuchando la verdad en boca del profesor, con horarios fijos, uniformes, etc). Pienso que ese modelo atenta contra la individualidad y contra la creatividad. Y, como bien señala Toffler, si vemos esto desde una perspectiva utilitarista, resulta que el modelo escolar actual tampoco está siendo útil para la nueva economía. Los empleos de hoy en día requieren a personas que puedan innovar y adaptarse a nuevos ambientes, mientras que en los colegios se enseña todo lo contrario: a repetir ideas de otros y a acostumbrarse a un mismo ambiente cerrado y predecible.

En la última parte del vídeo, Toffler habla sobre la capacidad de los niños para aprender por su cuenta y enseñar a los adultos. El sistema escolar no contempla nada de esto, pues es unidireccional: los adultos enseñan y los niños aprenden. Tampoco contempla que los niños puedan aprender por su cuenta ni se les permite estudiar lo que ellos quieran estudiar, siendo que hoy en día existen campos de estudio para casi todo (como será, que incluso hay estudios sobre los efectos de mascar chicle en el salón de clases).

Considerando la reciente reforma a la educación en Chile, me parece que se ha pasado por alto lo más importante: esto es, que todo el sistema escolar estuvo diseñado en otra época y es preciso cambiarlo por completo para que se adapte a las nuevas necesidades.