Reflexiones en torno al movimiento childfree

Existe un movimiento que se hace llamar Childfree, o sea, libre de niños. Son personas que eligen no tener hijos, cada quién por razones diferentes. La primera vez que me topé con datos sobre estas personas fue cuando, irónicamente, buscaba información sobre el libro de A.S. Neill, The Free Child. Pero bueno, tampoco es que me haya sorprendido mucho. Son muchos los jóvenes a los que he escuchado comentar que no quieren tener hijos (aunque, curiosamente, ninguno de mi círculo de cercanos… esos son todos “guaguateros” ^^) y desde mi abuela hasta mi propia madre han comentado que tener hijos no es lo que esperaban (y considerando sus actitudes frente a la maternidad, estoy segura de que eso quiere decir que desearían no haber tenido hijos) (debo ser adorable para que piensen así jajajaja xD) Sin embargo, de lo que he leído y conversado al respecto, sí hay algunos puntos que me sorprendieron y que quisiera comentar con ustedes. Separaré dichas apreciaciones según la razón de las personas para no tener hijos.

Motivos personales: Desagrado hacía los niños, no sentirse preparado, simplemente no tener ganas de ser madre o padre, etcétera [1].

Con respecto a quienes eligen no tener hijos por motivos personales no hay mucho que decir: es una cuestión de cada quién y lo cierto es que me alegra que exista gente lo suficientemente honesta como para admitir que no posee condiciones para criar. Lo que sí me molesta es que prácticamente quieran armar una sociedad sin niños. En Chile por suerte aún no pasa (quizás sí con los arriendos u.u), pero en Europa y USA son varios los restaurantes [2] [3] [4] y hoteles sin niños [5 (no soy la única que confundió chilfree con free child xD)] [6] [7], hay aerolíneas childfree [8] y hasta quieren establecer horarios en las grandes tiendas para que las personas sin hijos puedan comprar “tranquilas” [9]. No sé ustedes, pero a mí me molestan muchísimo ciertos grupos humanos, pero no por eso sugeriría un espacio en donde se los excluyera. Sé que es algo personal y así lo mantengo. En cambio se quieren establecer normas que excluyan a los niños porque cierto grupo considera, a priori, que son molestos.

¿Por qué rechazar a los niños es un derecho del local, pero rechazar a un negro es discriminación? ¿Acaso la acción no es la misma? Si ya estamos creando a un par de generaciones de jóvenes descontentos debido al adultocentrismo (se hace lo que el adulto y la autoridad desean, jamás o muy pocas veces lo que el niño quiere), ¿qué se puede esperar de aquellas personas que crecerán siendo discriminadas de local en local sin que nadie diga nada al respecto más que “están en su derecho”?

Motivos ecologistas: el mundo está sobrepoblado, calentamiento global, hambre mundial, etcétera [10]

Ni siquiera siendo anarquista, vegetariana y ecologista logro entender a las personas que deciden no tener hijos por motivos “altruistas”. Porque, ¡vamos!, ¿cuántos años van a estar predicando antes de que alguien les haga caso? Ellos, con su conciencia, van a dejar de tener hijos, pero hay millones y millones de personas a las que no les interesa su postura y que van a procrear igual. ¿No tendría más sentido tener hijos y criarlos en contacto con el medio ambiente para que puedan crecer y respetar el mundo al que llegaron? El ser humano no es dañino por naturaleza: tener hijos no implica que estos van a llegar al tiro destruyendo el ecosistema.

Además, con respecto al hambre y a la sobrepoblación hay que dejar algo bien en claro: pasamos hambre porque no administramos bien los recursos. Una dieta ovo-lacto vegetariana y, en especial, una dieta vegana, a nivel mundial permitiría que muchas menos personas pasaran hambre [11]. Si a eso le agregamos una distribución equitativa y acabar con el desperdicio (cada año los supermercados y otras tiendas botan toneladas de comida en lugar de regalarla [12] [13]) tendríamos comida suficiente para todos los seres humanos. Eso mismo sucede con la sobrepolación. Los espacios no se ocupan bien: mientras unos sectores están despoblados, otros tienen un exceso de personas. Frente a las numerosas posibilidades para solucionar los problemas que enfrentamos, a mí me parece una solución simplista elegir no tener hijos.

(A propósito, vean la introducción de la película Idiocracyhttp://www.youtube.com/watch?v=IAYNHtEDz64 )

Posturas antinatalistas: es inmoral traer niños al mundo cuando este es un lugar tan violento, en la vida sólo se sufre, etcétera [14]

Aquí también la cuestión me parece más personal, pues si a alguien le parece inmoral tener hijos, allá él. Sin embargo, como siempre sucede con los asuntos morales, el tema pasa a ser colectivo cuando se intenta imponer e incluso difundir (si elijo difundir algo es porque lo considero de interés colectivo y deseo que otras personas compartan mi postura).

La visión de que el mundo es un lugar demasiado violento para traer niños al mundo también la tuve. No era algo tan radical como criticar a otros por tener hijos, simplemente era una sensación momentánea. Pero de a poco fui aprendiendo a apreciar los diferentes placeres que conlleva vivir y eso que estoy pendiente de todos los horrores del mundo mucho más que la mayoría de las personas. Sólo que no me parece argumento suficiente para no tener hijos el que exista una guerra en el otro extremo del mundo. Si fuera en donde vivo, no, no tendría hijos. Pero no es así: en mi entorno mi hija podrá disfrutar de un bosque frondoso, de una buena lectura, de viajes, juegos, amigos, amor familiar… Incluso si llegara a pasarle algo, sentiría que su vida valió la pena, como alguna vez me comentó Marcelo Fuentes sobre su propio hijo [15].

Últimas reflexiones

No creo que ser madres o padres sea una necesidad. Al igual que muchos miembros del movimiento childfree, considero que las personas deberían reflexionar mucho más sobre el acto de tener hijos, pues no es cosa de tener sexo y parir: es una ardua responsabilidad que requiere muchísimos más sacrificios de lo que muchas personas están dispuestas a hacer (por algo hay tantos padres dejando a sus hijos llorar para ellos seguir con su vida “normal” o dejándolos en las salas cunas y escuelas como si estas fueran un estacionamiento de niños). También pienso que los tratamientos de fertilidad son tomados con demasiada ligereza: un buen número de mujeres termina teniendo partos múltiples de más de tres niños, lo cual no es sano ni para ellos ni para los padres. Es cierto que no siempre pasa, pero en algunos países simplemente no se toman los cuidados necesarios [16].

Pero además de este par de puntos de encuentro, no pienso que no existan razones para no procrear. Para mí la experiencia de tener una hija sigue siendo maravillosa y Samanta no parece llevarlo mal xD Acúsenme de optimismo exacerbado, pero desde mi punto de vista la vida sigue siendo un regalo y un milagro termodinámico lo suficientemente maravillosa como para despreciarla, sea la causa que sea.

Laurie: Has estado diciendo que la vida es insignificante, ¿cómo puedes ahora…?

Dr. Manhattan: Cambié de opinión.

Laurie: ¿Por qué?

Dr. Manhattan: Milagros termodinámicos… Son tan raros que parecen imposibles. Como que el oxígeno se convierta espontáneamente en oro. Hace tiempo que quiero ver algo así. En cada apareamiento humano, un millón de espermatozoides luchan por un sólo óvulo. Multiplica esa probabilidad por las infinitas generaciones, contra las posibilidades de que tus ancestros vivieran, se encontraran y engendraran esta hija… Hasta que tu madre ama a un hombre al que tiene toda la razón de odiar, y de esa unión, de los millones de niños que compiten por la fertilización, eres tú, sólo tú, la que emergió. Destilar esa forma tan específica de ese caos de improbabilidad, es como transformar en aire en oro… Una de la mayores improbabilidades. El Milagro Termodinámico.

Laurie: Si mi nacimiento, si eso es un milagro termodinámico… ¡Podrías decir eso de cualquier persona en el mundo!

Dr. Manhattan: Sí. Cualquiera en el mundo… Pero el mundo está tan lleno de personas que lo convierten en rutina que lo olvidamos… Lo olvidé. Miramos continuamente el mundo y eso nubla nuestras percepciones. Pero visto desde otra perspectiva, como si fuera nuevo, puede aún asombrarnos. Ven… Seca tus ojos, porque eres vida, más rara que un quark e impredecible más allá de los sueños de Heisenberg, la arcilla en que las fuerzas que modelan las cosas dejan sus huellas. Seca tus ojos… y vamos a casa.

– Alan Moore, Watchmen, número 9.

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La Tregua

Autor: Mario Benedetti
Año de publicación: 1960
Género: Novela, Cotidiano
Editorial: Planeta
Edición: 2006

Martín Santomé, viudo desde hace poco más de 20 años, se prepara para su jubilación. Comienza a escribir un diario haciendo en parte planes o cavilaciones para su futuro ocio y en parte un recuento de su vida hasta el momento. Su vida rutinaria es interrumpida por un inesperado romance y de a poco se van disipando algunos temores sobre el futuro, regresa parte de su pasión por vivir y todo comienza a parecer mejor. Sin embargo, un inesperado suceso hace de ese momento de felicidad una tregua del tedio y de la oscuridad en la que volverá a sumergirse Santomé.

En adelante, es posible que te encuentres con spoilers. Si no has leído la novela y no deseas leer adelantos de la trama, no sigas leyendo.

Leí este libro por insistencia de mi hermana, quién me lo recomienda desde hace casi un año, y por la casualidad que lo puso en mi camino. La curiosidad me hizo tomarlo y comenzar a leerlo y luego simplemente no pude parar. Por alguna extraña razón no sospechaba que Benedetti escribiera tan bien ni mucho menos que pudiera hacer de la cotidianidad algo tan interesante y digno de leer. La verdad es que no era muy afín a la literatura latinoamericana, hasta que entre el año pasado y este año he descubierto a una infinidad de autores interesantísimos. Lo que pasa es que en ocasiones creo que los autores latinos escriben sobre un mundo que no es el mío ni el de mi generación: me siento más identificada con el miedo futurista de la ciencia ficción que con el realismo mágico de García Márquez, por ejemplo. Pero la identificación con autores latinoamericanos más viejos suele ir por otro lado, por un lado más introspectivo. Quizás el mundo en que vivió María Luisa Bombal ya no sea el mío, pero sus dudas, temores y pasiones sí que lo son.

Perdón por el desliz. Regresando a La Tregua, he quedado maravillada por la maestría del autor, pero indignada por el entorno en que nos ha tocado vivir. ¿Es eso la vida? ¿Trabajar, trabajar, para luego sentarnos a descansar, cuando nuestro cuerpo ya no nos acompaña y mucho menos las ganas? Para mí el libro fue justamente un llamado a no caer en ese ciclo rutinario, a tener la voluntad de decir “¡Basta!”. Basta a la rutina, basta a las excusas, basta al conformismo, basta a la mediocridad y, sobre todo, basta a la mesura, que muchas veces controla impulsos que deberían ser expuestos en el mismo instante en que se sienten.

Creo que en muchos momentos sentí ganas de sacudir a Santomé y de gritarle que dejara de aplazar todo. Y en parte es un grito para mí misma. ¿Quién no ha caído en eso? Es como la historia de un pescador que aparece en una de las ediciones de Cuentos con alma. Planificamos como hacer de nuestra vida algo mejor, pero al final terminamos descuidando lo que ya tenemos. Y sí, es un tremendo cliché, pero ¿alguien hace caso? Es tan poca la gente que entiende el mensaje que no queda más que repetirlo.

La verdad es que no es mucho más lo que tengo que decir de este libro. Los personajes están descritos de manera preciosa, uno siente que es capaz de visualizarlos y hasta comprenderlos. Y así también las emociones del protagonista. El romance entre Santomé y Avellaneda me emocionó, pero como ya mencioné siento que el eje central del libro fue esa “crítica” al modus operandi de nuestra sociedad. Hace un tiempo salió en las noticias que en Alemania querían prohibir los besos en el trabajo y al leer este libro evoqué eso: en lugar de opacar las relaciones humanas, ¿no se deberían enfatizar? En lugar de promover salas cuna, ¿no se deberían disminuir las jornadas laborales para que la familia pueda estar más tiempo junta? Salomé lo expresó muy bien, cuando dijo que en su trabajo no se daba un ambiente propicio para relacionarse con la gente. Lo peor es que trabajos como los de él ahora son mucho más abundantes y al final parece que todo el mundo va a terminar encerrado en cubículos, contando los días para su jubilación o para un superficial acenso.

Para finalizar quería dejarles una cita que amé y que justamente se dio en un 17 de agosto (el día de mi cumpleaños :P):

“Para un futbolista, el máximo significa llegar un día a integrar el combinado nacional; para un místico, comunicarse alguna vez con su Dios; para un sentimental, hallar en alguna ocasión en otro ser el verdadero eco de sus sentimientos. Para esta pobre gente, en cambio, el máximo es llegar a sentarse en los butacones directoriales, experimentar la sensación (que para otros sería tan incómoda) de que algunos destinos están en sus manos, hacerse la ilusión de que resuelven, de que disponen, de que son alguien. Hoy, sin embargo, cuando yo los miraba, no podía hallarles en la cara de Alguien sino de Algo. Me parecen Cosas, no Personas. Pero ¿qué les pareceré yo? Un imbécil, un incapaz, o una piltrafa que se atrevió a rechazar una oferta del Olimpo. Una vez, hace muchos años, le oí decir al más viejo de ellos: “El gran error de algunos hombres de comercio es tratar a sus empleados como si fueran seres humanos.” Nunca me olvidé ni me olvidaré de esa frasecita, sencillamente porque no la puedo perdonar. No sólo en mi nombre, sino en nombre de todo el género humano. Ahora siento la fuerte tentación de dar vuelta la frase y pensar: “El gran error de algunos empleados es tratar a sus patrones como si fueran personas.” Pero me resisto a esa tentación. Son personas. No lo parecen, pero son. Y personas dignas de una odiosa piedad, de las más infamante de las piedades, porque la verdad es que se forman una cáscara de orgullo, un repugnante empaque, una sólida hipocresía, pero en el fondo son huecos. Asquerosos y huecos. Y padecen la más horrible variante de la soledad: la soledad del que ni siquiera se tiene a sí mismo” (177).

Para crear futuros esclavos

Uno de los principales beneficios de comprar libros usados, además del precio, es que encuentras títulos imposibles de encontrar en otros lugares. Fue en una preciosa librería en San Diego en donde encontré Escuela para padres (Tomo I) de Eva Giberti. No fue sino hasta hace poco que me puse a leerlo: la verdad es que lo compré más pensando en una fuente de investigación histórica que en un libro que me fuera a ser útil ahora, ya que al ser publicado en 1961, bueno… Me imaginaba un escrito de corte mucho más tradicionalista, pero resulta que no: Eva Giberti es una psicóloga, psicoanalista, profesora y asistente social argentina, caracterizada por su defensa a los DD.HH, estudios de género y su prioridad a la libertad en la educación de los niños.

Del libro mencionado quisiera compartir un artículo que me pareció sumamente interesante, sobre todo considerando que en nuestro país está el boga el tema de la educación. Para crear futuros esclavos es un texto que trata sobre la necesidad de fomentar la libertad y creatividad en las escuelas y en el hogar. Se hace una mención a la URSS que me parece interesante: por aquel entonces se creía que el capitalismo realmente podría traer más libertad que el socialismo soviético, pero quiénes vivimos en la actualidad nos podemos dar cuenta que si bien existe mucha libertad para vender, poner altos precios y saquear la naturaleza, también existe mucha manipulación para vender dichos productos e imponer tendencias, socavando las posibilidades de libertad. La escuela, al menos para las clases baja y media, es una instancia para crear mano de obra barata y se continúan apoyando modelos familiares tradicionalistas, arcaicos y adultocentristas. Hago estos reparos para que el artículo sea leído en contexto y se hagan las actualizaciones necesarias para ver cómo puede aportar a nuestro país y cultura occidental en general.

Para crear futuros esclavos de Eva Giberti [1]

Bajo el común denominador de “peligros morales” se encierra una atiborrada serie de riesgos, aparentes y reales, que sobrevuelan o se agitan alrededor del niño: la educación sexual, la vagancia, la convivencia con compañeros calificados como no aptos, el enfrentamiento con situaciones groseras y traumáticas, las experiencias tempranas alrededor de hechos que debieran esperar una mayor madurez, los ejemplos poco edificantes, la falta de sanciones para delitos punibles y la gama total de enumeraciones que, dentro de nuestra cultura, nos permite hablar de peligros morales para la niñez, sin descontar la buena dosis de prejuicios y fariseísmo que condimentan muchos hechos realmente no peligrosos. En general, si bien no hay todavía entre nosotros un conciencia nítida alrededor de lo que sí representa un riesgo para el chico, existe la posibilidad de polémica en favor de uno y otro postulado. Lo grave reside en aquellos sectores donde la inercia, el hábito, la indiferencia o la falta de información o meditación, permiten el desarrollo de prácticas educaciones que también constituyen peligros morales no solamente para un niño, sino para generaciones íntegras. Me refiero concretamente al peligro de la masificación, de la estandarización, de la pérdida definitiva de la personalidad en aras de postulados sociales, de orden y equilibrio, que conducen al hombre a ser cada vez menos individuo, menos personal y a diluirse en la indiferenciada multitud de los que coinciden, de los que obedecen ciegamente, de los que aceptan, de los que no revisan ni crean. La destrucción de la personalidad es un peligro moral que, viniéndonos desde afuera y partiendo desde los otros, sólo precisa encontrar campo propicio para  germinar. Una buena preparación de ese terreno la constituye la tendencia a la uniformidad y la persecución sistematizada y temprana de toda reacción o comportamiento original, capaz de salirse de los principios corrientes, habituales. La escuela, al menos entre nosotros, es la mayor fomentadora de los esquemas rígidos y tradicionales, no en lo que de importante y valiosa tiene una tradición, sino en cuanto es cómoda, conocida y bien probada. No sólo aquello que se enseña, sino cómo se enseña, constituyen increíbles ejemplos de mediocridad y estancamiento contra los que heroicamente luchan muchos educadores responsables.

Aquello que empieza con aulas de bancos simétricamente dispuestos, en los que los chicos no pueden moverse, que continúa con respuestas estereotipadas y dibujos calcados en cuadernos que deben ser todos igualitos y que se perpetúa en la enseñanza no renovada de hechos que, además de falsear realidades, no colocan al chico en su realidad inmediata, encuentra excelente eco en aquellos hogares donde los hijos deben comportarse y actuar como los demás y no como su personalidad lo señala. No es por casualidad que nuestros estudiantes universitarios están perdiendo el hábito de la bibliografía, lo mismo que los secundarios, y reclama apuntes para estudiar todos lo mismo en el menor tiempo posible. El hábito de pensar y discernir se está quebrando para entregar iniciativas fundamentales en manos de otros que piensen y decidan por nosotros: el peligro moral están en la entrega de nuestra originalidad, entrega que preparamos desde la niñez, vendiendo el derecho a ser distintos, de ser individuos, a instituciones o individuos que resuelvan en nuestro nombre. No puedo menos que transcribir un párrafo de Bertrand Russell, quien, en el terreno de lo internacional, ofrece un planteo y un contrapunto clarificador. Dice así:

“Están disputándose el mundo dos concepciones muy distintas de la vida humana. Para nosotros una gran sociedad es aquella que está compuesta por individuos que, en la medida humanamente posible, son felices, libres, creadores… El individuo debe tener su conciencia personal y sus fines personales, con libertad para desarrollarlos, salvo cuando causa daño a los demás… El gobierno ruso tiene una concepción distinta de los fines de la vida. Juzga que el individuo no tiene importancia y que cabe gastarlo… Se cree justo que los hombres sean esclavos rastreros, inclinados ante esos seres semidivinos que encarnan la grandeza del Estado”.

Las dos posiciones están claramente expuestas y si bien existen los matices intermedios, a nadie escapa que la mejor manera de condicionar futuros esclavos es permitir que se eduque a nuestros chicos en la monótona repetición de esquemas que no condicen con su ínsita personalidad. Por ello este capítulo tiene, como finalidad inmediata, señalar a los padres preocupados por la moral de sus hijos un aspecto soslayado y poco debatido: la posible transformación de los hijos en hombres-masa, lamentable destino de los niños preparados para conformarse y repetir.

[1] Giberti, Eva. Escuela para padres. Tomo I. Buenos Aires: Esece Editora, 1968.

El menoscabado feminismo

Por alguna razón, el feminismo suele despertar reacciones de lo más peculiares, ya sea en mujeres como en hombres (aunque generalmente los segundos son los que reaccionan peor). Por más que uno explique que feminismo es libertad de elección, respeto e igualdad, la mayor parte de las personas sigue insistiendo en que el feminismo es la contraparte del machismo e implica la creencia en la superioridad de la mujer.

Es más, hace poco, Leslie Power se refirió a las complicaciones de la mujer actual (extensas jornadas laborales, menos tiempo para criar, delegar funciones de crianza en desconocidos) como “las malas jugadas del feminismo” [1]. Esto pasando por alto que Beauvoir siempre habló de la maternidad velando por el bienestar de la madre y su hijo [2] al igual que Emma Goldman [3]: ambas postulaban que la maternidad debía ser libre (¿qué madre puede ser “buena” si no está feliz o al menos conforme con su situación?). Por supuesto, han sido mal interpretadas (en mi opinión, a propósito, pues sus textos son tan claros que no hay mal interpretación posible). Incluso Betty Friedan consideraba la maternidad como un freno en su contexto, pero no en general y en el nuevo prólogo de La mística de la femeneidad presenta una nueva causa para el feminismo: buscar que las jornadas laborales dejen de ser tan enfermizas y formar una sociedad en donde la madre, el padre y los hijos tengan cabida y no sean un estorbo en la maquinaria.

Decir que una mujer no debe ser madre no es feminismo. Decir que la mujer está por sobre el hombre no es feminismo. Ambos postulados se alejan por completo de la idea del feminismo que significa, como ya dije, libertad de elegir, igualdad y respeto. El hembrismo es la contraparte del machismo. Y las extensas jornadas laborales y la delegación del cuidado de los hijos en desconocidos no son un conflicto causado por las teorías feministas sino por el capitalismo y el neoliberalismo, que buscan por sobre todas las cosas la eficiencia material y no la felicidad o el bienestar del individuo (como bien indicó la “Alejandrita” [4]).

Pero bueno, todo lo anterior aún no me sirve para desentrañar de dónde viene esta visión negativa del feminismo. No logro entender como postulados tan claros fueron desvirtuados y como una causa que abogaba por eliminar el patriarcado se convirtió en conseguir sueldos decentes en un sistema que ya estaba podrido hace tiempo.

Dejaré esta como una entrada sin concluir, pues me queda como tarea pendiente investigar en qué momento sucedió esa desvirtuación. A las personas que me leen les dejo una pregunta: si no concuerdan con el feminismo o si alguna vez no concordaron con este, ¿a qué se debe/debió? ¿Tuvieron siempre esta idea del feminismo o tenían otra? Y si tenían otra, ¿de dónde la obtuvieron?

Los reyes de la arena

85Título original: Sandkings
Autor: George R.R Martin
Año de publicación: 1979
Género: Ciencia ficción
Editorial: Ediciones B
Edición: 2007, publicado en Obras maestras: la mejor ciencia ficción del siglo XX

Simon Kress tiene una extraña afición por coleccionar seres vivos. Pero no de cualquier tipo: tienen que ser especies extrañas y violentas. Buscando nuevas criaturas Kress obtiene a los reyes de la arena, unos “insectos” con mente colmena capaces de idolatrar como un dios al dueño de turno. Los reyes de la arena también son capaces de armar sofisticadas guerras entre sí, con un formidable sentido del honor. Sin embargo, Kress no queda satisfecho con el desempeño de los seres y decide intervenir para intensificar dichas guerras.

Involucrarse en las guerras de las criaturas va contra toda recomendación hecha al momento de la compra y Kress no tarda en sufrir las consecuencias de su accionar.

En adelante, es posible que te encuentres con spoilers. Si no has leído este cuento y no deseas leer adelantos de la trama, no sigas leyendo.

Los reyes de la arena son criaturas serenas, cuyas guerras tienen un carácter ritual. Es por esto que las batallas no acontecen con frecuencia. Simon Kress, incapaz de entender este hecho, comienza a privarlos de alimento y a dar fiestas a sus amigos para que puedan observar las encarnizadas peleas. Entusiasmado, uno de sus amigos comienza a llevar distintos animales para luchar con los reyes y hacer apuestas sobre el ganador. Así, las criaturas cada vez se van poniendo más furiosas: pintan a su dios con sádicas miradas. Debido a un imprevisto, estas se liberan del terrario donde están encerradas y luego de una serie de eventos y muertes, Kress cae en manos de sus “mascotas”.

El cuento de George R.R Martin trata dos ideas principales: la primera, mostrar como el poder seduce y corrompe a los hombres. Y la segunda, plantea que cuando ejercemos ese poder sobre otros, tenemos que ser conscientes de las posibles consecuencias y hacernos responsables por lo que hemos “creado”. En esta entrada quisiera sólo centrarme en la segunda, ya que es una idea que llama mucho mi atención.

Simon Kress puede parecernos despiadado: detesta las criaturas tiernas, le encanta presenciar la violencia entre sus mascotas e incluso la provoca. La repulsión hacía tal personaje resulta obvia y, sin embargo, el protagonista de este cuento es sólo una exageración de nuestra sociedad y de nosotros mismos. ¿Quién no ha gozado con la desgracia ajena? Programas televisivos se hacen millonarios mostrando los problemas de otras personas y vídeos en Youtube sobre accidentes contienen comentarios graciosos y burlescos, aun tratándose de casos graves. Incluso en la vida diaria existe esta tendencia: las bromas pesadas y el bullying son habituales en colegios y universidades. ¿Quién no ha culpado a sus hijos o hermanos por sus acciones, olvidando que muchas veces los provocamos o les causamos daños?

Si se analiza este tema a gran escala, una buena síntesis es la frase de Emma Goldman: “Cada sociedad tiene los delincuentes que se merece”. Simon Kress perturba a los reyes de arena hasta que estos, en lugar de idolatrarlo, lo odian y se rebelan en su contra. Socialmente muchos hacemos (o dejamos de hacer) cosas que permiten que la delincuencia no sólo se perpetúe, sino que se expanda. Sin embargo, tratamos de quitarnos la responsabilidad de encima mintiéndonos y afirmando que “es gente mala” o que “nada podemos hacer al respecto”.

Me parece importante que, al leer este tipo de cuentos (o al leer cualquier cosa, en realidad), seamos capaces de extraer algo más allá de lo literario. La mayoría de los autores, consciente o inconscientemente nos abren las puertas a reflexionar temáticas útiles para nuestra vida. George R.R Martin con Los reyes de la arena no es la excepción y me pareció bien sacar a relucir esta obra ahora, cuando en Chile existe una compleja situación política y social. Específicamente, el tan vilipendiado vandalismo. Mucha gente se empeña en buscar a los culpables, pero no examinan la propia sociedad en qué vivimos: esperan que los jóvenes reaccionen de manera pacífica, sin considerar que somos una nación con fuerzas armadas, con altas tasas de maltrato infantil y en donde los problemas siempre se quieren resolver con mano dura y más leyes.

Si la sociedad sigue funcionando como ahora (horarios laborales y escolares enfermizos, violencia como forma de control, carencia de diálogo, imponiendo moral y religiosidad, cobrando cada vez más a quién no tiene como pagar, incentivando el consumismo y un largo etcétera) tarde o temprano las personas se alzaran como enfurecidas criaturas, tal como los reyes de arena, sobre los que alguna vez fueron sus ídolos y figuras de autoridad. Lo más probable es que ya esté sucediendo.

Sobre el “jardín del terror” y el maltrato infantil

Este 14 de abril Meganoticias presentó un reportaje sobre el maltrato a menores en un jardín infantil de Quilicura. En las grabaciones hechas por los periodistas se puede constatar cómo las “tías” golpean, zamarrean, gritan e ignoran a los niños que deberían estar cuidando.

Yo me enteré de la noticia por Twitter, cuando alguien difundió el reportaje. Mi primera reacción fue de repudio hacía esas mujeres. Casi todos los comentarios al respecto en las redes sociales eran mensajes de odio y deseos de venganza y castigo: “que se pudran en la cárcel esas perras”, “sáquenles la chucha” e incluso hubo acoso cibernético a sus cuentas de Facebook,  a la de sus parejas y más de una publicación con las direcciones de las susodichas.

Les seré honesta: en un principio también tuve ganas de participar en todo ese revuelo. Y es que ver cómo golpean a unos niños, especialmente si eres padre, te revuelve el estómago. Por suerte mi novio, mucho más cuerdo que yo (en ocasiones xD), enfrió un poco mis pasiones y me hizo pensar en el asunto de manera más analítica.

Para empezar, creo que en nuestro país existe una contradicción latente entre la existencia del maltrato infantil y lo que dicen las leyes sobre el mismo. La ley contempla penas de multas, trabajo comunitario o cárcel para quienes provoquen daño físico o psicológico a menores, así como también orientación familiar para los casos más leves [1]. Sin embargo, socialmente el maltrato infantil sigue existiendo: un estudio de la Unicef realizado en el 2006 en algunas regiones de Chile (incluyendo la Metropolitana) determinó que 75,3% de 1525 niños recibía algún tipo de maltrato (psicológico, físico leve o grave) [2]. Y no sólo esto, sino que el maltrato infantil es aceptado por parte de muchas personas, llegando incluso a afirmar que a causa de las prohibiciones de golpear a los niños los jóvenes “no distinguen entre el bien y el mal” [3] o que el castigo físico es necesario porque llega un punto en el que “los jóvenes no entienden con palabras” y que “hay chicos que merecen un tirón de pelo o una palmada en el trasero” [4]. Además, se reacciona con violencia frente a los niños o adolescentes que osan defender sus derechos [5].

¿Nos seguimos extrañando que estas “tías” hayan recurrido a la violencia cuando los chicos no obedecían? Claro, se puede decir que ellas no son las madres, por lo que los golpes no corresponden, pero sería una excusa barata: el efecto de la violencia en los niños tiene igual o mayor impacto viniendo de los padres [6] [7]. Me parece que estas mujeres sólo fueron el chivo expiatorio de una sociedad que quiere sentirse mejor con respecto a su propio actuar.

Si de verdad se busca un cambio, hay que partir por casa. Exigir cárcel o golpear a estas mujeres no va a servir para evitar que más niños sean maltratados: este no es ni el primer caso ni será el último de maltrato en jardines y salas cuna. Las únicas formas de evitar que eso suceda es rechazando totalmente cualquier tipo de maltrato, físico o psicológico (¡de parte de cualquier persona y hacía cualquiera!) y ser más responsables con respecto a donde dejamos a nuestros hijos (varios padres señalaron que habían notado comportamientos extraños en sus hijos, pero seguían enviándolos a la institución). Seguir pidiendo cárcel y justicia no eliminará ni el sufrimiento de los niños ni de otros que probablemente estén pasando por lo mismo, incluso en sus propios hogares.